Una noche se juntó un grupo en la casa de una amiga en los Pinares de Atlántida aprovechando que los padres no estaban y surgió la idea de jugar el juego de la copa, una variante del tablero "ouija", como se le conocía en otros lados.
La ambientación era inmejorable; una casa en un bosque de pinos de un balneario desierto en una noche invernal y varias caras expectantes en torno a una mesa iluminada por una vela.
Nuestra versión casera del juego consistía en pedazos de papel con cada letra del abecedario dispuestos en círculo sobre la mesa y una copa que debía cooperar desplazándose sola entre las letras.
Suponíamos que la copa tendría que ser de cristal y a veces nos conformábamos con cualquier vaso de vidrio pero en esta ocasión sí teníamos la copa reglamentaria porque intentábamos hacer zumbar el borde.
El juego consistía en colocar la copa boca abajo en medio del círculo de letras, apoyar ligeramente un dedo sobre ella y dejar que se deslizara de una letra a otra en absoluto silencio. Cuantos más jugaran mejor, porque el truco estaba en apenas rozarla y acompañarla evitando empujarla. De ese modo, cualquiera que estuviera haciendo trampa quedaba en evidencia.
Cada uno por turnos hacía una pregunta que la copa debía contestar.
Se le preguntaba en silencio. Nadie más conocía la pregunta, y por supuesto, mucho menos la respuesta.
Eran tiempos donde la información sobre olas y tablistas de países lejanos era escasa y llegaba sólo por relatos de algún esporádico viajero o alguna revista bastante atrasada.
De todo el grupo solo dos éramos tablistas y también los únicos que sabíamos que por aquellos días había muerto un peruano golpeándose contra el coral del fondo en la ola de Pipeline, Hawai.
Por esos dias se destacaban un puñado de peruanos por sus hazañas en Hawaii y pensando en el espíritu de José Angel, a quien yo atribuí el accidente por ser el nombre que me vino en mente, sin hablar le pregunté si estaba ahí. Nadie sabía que mi pregunta tenía que ver con eso.
En medio de un silencio absoluto, la copa se deslizó de la ene a la o. La respuesta me extrañó. Pedí al grupo que me dejaran repetir la pregunta pero esta vez le pregunté si estaba muerto y dos veces más, ante mi desconcierto, la copa repitió: "NO".
(Fue mi imaginación o era como si lo hubiera gritado?)
El juego siguió un rato más y recuerdo que algunos quedaron intrigados por las respuestas que leían a preguntas que nadie sabía de antemano, pero yo ya había perdido el interés en el resto y seguía dándole vueltas en mi cabeza a aquella incomprensible negativa.
Pocas semanas después, a miles de kilómetros de ahí, dos amigos buceaban sin tanques mar adentro frente a la costa hawaiana en busca del preciado coral negro. En realidad solo uno de ellos se sumergía mientras el otro controlaba la deriva del bote. Era un juego muy peligroso, donde los tiburones era lo que menos preocupaba. Ese banco del mejor coral negro crecía a 25 metros de profundidad y estaba rodeado de un abismo de centenares de metros. Para no perder tiempo nadando había que tirarse desde el bote sosteniendo alguna piedra pesada y dejarse arrastrar hasta el banco, arrancar la mayor cantidad posible de coral y subir en el límite de la resistencia.
Pero este muchacho era un atleta formidable además de ser un tablista reconocido por surfear mares grandes. Nadie bajaba en apnea tan profundo ni por tanto tiempo como él. Su estado físico era insuperable y su coraje le había ganado la admiración y el respeto de toda la comunidad surfera de Oahu.
La responsabilidad del botero, también fanático por las olas grandes, era no dejar arrastrar el bote por la corriente y mantenerlo siempre sobre el banco, cosa nada fácil ya que estaban en medio del mar sin puntos de referencia para guiarse.
Y pasó. Sin darse cuenta que el bote había derivado lejos del banco, la última zambullida llevó al buceador a una profundidad de donde no pudo volver (otras voces afirman que no quería volver).
Él era José Angel, peruano de origen como su otro amigo, el de Pipeline...