En Pelotas

  La noche nos agarró en Pelotas otra vez.
  Pero esta vez Alex y yo estábamos en peor situación que la vez anterior, cuando el camionero Seisdedos (juro que tenía una mano de seis dedos) nos desalojó de su camión al amanecer.
  El día anterior en la frontera había propuesto llevarnos bastante más lejos pero lo cierto es que nos cambió por una dama pulposa y perfumada que dijo ser su vecina y arrancó con ella rumbo a Porto Alegre dejándonos en la vía, o más bien en una rúa de las afueras de Pelotas, al sur de Brasil.
  Pero aquel desalojo inesperado ocurrió de mañana y ya el camión nos había servido de cobertizo, estábamos frescos, teníamos todo el día por delante y poco después lograríamos un récord en nuestros viajes a dedo: casi dos mil kilómetros en un solo camión... de pescado.
  Esta vez era distinto. Se nos había venido la noche encima sin conseguir viaje y estábamos molidos, hambrientos como de costumbre, y nos caíamos de sueño. Para peor, además de las mochilas, cargábamos nuestras pesadas tablas enfundadas en frazadas gruesas cosidas en tubo, las que oficiaban también como sobres de dormir.  Todavía no se habían inventado las fundas.
  Con esos fardos incómodos que se hacían más pesados por cuadra caminada, deambulamos sin rumbo por calles solitarias, despertando la curiosidad de algún transeúnte ocasional. Ningún habitante del interior podría imaginar en aquella época que allí llevábamos tablas de surf porque simplemente no se conocían. Hasta en la misma Rio de Janeiro unas semanas después, apretados dentro de un ómnibus de barrio, alguien se dió vuelta al sentir la firmeza contra su espalda y viendo aquellas moles preguntó con ojos desorbitados si eran cajones fúnebres.
  El frío pinchaba y no había siquiera algo parecido a un zaguán para arrinconarse, ni un parque arbolado, nada. Desolación.
  No nos quedaba otra que agarrar al toro por las guampas y enfilamos hacia una seccional de policía antes que ellos nos llevaran por vagancia con bultos sospechosos.
Ya estábamos curados de espanto y pensamos que la experiencia del año anterior en una comisaría de Sao Paulo no podría ser superada.
  Error.
  En Sao Paulo los amables agentes del orden nos cedieron una celda vacía con unos colchones pelados para tirarnos a dormir, pero no pudimos pegar un ojo en toda la noche.   Al principio porque en otra celda estuvieron largo rato convenciendo a alguien -no muy amablemente- de que compartiera una información que supuestamente él tenía y ellos no. Y luego que se calló (o lo callaron) tampoco pudimos dormir, preguntándonos si nos tocaba el turno siguiente.
  Tiempo después nos enteramos que el amable comisario del recinto era miembro destacado de un famoso esquadrón de la ciudad.
  Pero ahora estos otros milicos en Pelotas aparentemente andaban escasos de lugar, por lo que nos cargaron en una camioneta y nos descargaron a las pocas cuadras frente a una gran reja de hierro y luego de intercambiar gruñidos con alguien o algo de adentro se las tomaron mientras el portón se abría rechinando...
  Aquello era tétrico.   Londres del siglo diecinueve en una noche de invierno. Jack se hubiera sentido en casa. Un caserón vetusto y oscuro lleno de rejas y dos personajes de novela: un rengo flaco y alto con un manojo de llaves antiguas y un cortito cuadrado y jorobado estilo Notre Dame que lo seguía siempre un paso atrás.
  De un vistazo nos dimos cuenta que no era un lugar de donde salir fácilmente, y menos de noche. Mirándonos de reojo con Alex y aguantando la risa de nervios nos dispusimos a seguir a Jack y a Quasimodo por los pasillos lúgubres de aquello que resultó ser un albergue para indigentes...
  ... La programación de televisión de aquellos años no se empeñaba tanto en angustiar al televidente como en estos días. Ni la sangre era sangre y ni siquiera era roja porque era tele en blanco y negro. Abundaban los programas de humor como el del súper agente F 86 Maxwel Smart, uno de nuestros favoritos, pero no eran exhibidos como reliquias de relleno sino que eran recientes.      Era el humor de la época.
  Habíamos asimilado los códigos de tal forma que bastaba un rápido vistazo entre nosotros para extraer lo risible de cualquier situación por absurda o insólita que fuera.
  … "(no me Digas que nos trajeron a una cárcel!)" – susurré mientras caminábamos hombro con hombro apretando las tablas.
  "(parece una cárcel, huele como cárcel)" -masculló Alex con el costado de la boca.
  "(te Dije que no me dijeras, Noventa y Nueve!!)"...
  A la primera risa sofocada nos quedaron mirando de reojo, y tal vez dudaron entre seguir o volver hacia el portón.
  En un portuñol gutural para retardados nos espetaron que ya había pasado la hora del plato de comida (seña de llevar la mano a la boca), cosa que nos pareció un pequeño sadismo innecesario porque nadie les preguntó y nuestras panzas ya habían entrado en modo hibernación de supervivencia hacía rato.    Contábamos siempre para nuestra seguridad con la ración de extremísima emergencia que cargamos desde el inicio del viaje: una lata de paté y dos cubitos de caldo.  Para los dos.   El paté tuvo un digno final al pan en la rambla de Ipanema como delicatesse estrella de un desayuno de trabajo compartido con otros hippies.  Los calditos hicieron todo el viaje y volvieron a casa con nosotros, luego de que casi se disuelven a la salida de Rio...
  ...allí estábamos Alex y yo encarando la noche carioca, o mejor dicho: mirando el cielo y dispuestos a dormir tendidos sobre un montón de arena de una casa en construcción, cuando nos percatamos de que por ahí nomás venía olor a comida.    Resultó ser una fonda de barrio.   Con los viajados calditos en la mano intentamos convencer al cocinero de zambullirlos en un tazón de agua caliente pero no le pareció buena idea.   En lugar de eso, sonriendo cancheramente volvió a la cocina y apareció con dos humeantes platones de sopa que esa noche nos hicieron ver mejor las estrellas.
  Pero volviendo al hospicio...
...junto al rengo y al corto finalmente desembocamos en una sala que debía ser el dormitorio, apenas iluminada por una sola lámpara.     La fauna que ocupaba casi todas las camas era inquietante, por decirlo suave.   El recuento general de dientes era bajo, el nivel de hostilidad en las miradas –todas concentradas en los recién llegados- era alto.
  Y encima con aquellos envoltorios sospechosos bajo el brazo!
  Como en las historietas, imaginamos un globo de pensamiento colectivo con dos pollos pelados girando al espiedo.
  El lugar tenía forma de “P”, donde la pata era una prolongación de la sala con tres paredes y dos camas vacías.  Hacia allí enfilamos, pensando que era el rincón más seguro por tener tres lados de donde no preocuparse.
  -“Incorrecto, Noventa y Nueve!”- porque apenas apoyamos los bártulos vimos escabullirse a lo largo de una pared una rata tamaño brasilero.
  De un salto quedamos tendidos en las camas improvisando un desenlace para la situación entre risotadas.  El chiste era la rata.  En realidad era ella la que codiciaba nuestras tablas.
  El siseo creciente y el murmullo de desaprobación hacia los forasteros ruidosos era unánime, lo cual nos motivaba más todavía.
  En eso reaparece el rengo y nos da a entender que el asunto era: o callarse o calle.  Ahí el murmullo de fondo era de aprobación y alguien secundó... “sim, sim, pra rúa!”
  Silencio.  Se apaga la luz y nosotros reventábamos tratando de aguantar la risa.
  En el silencio forzado del momento, tendidos sobre las camas tal como llegamos -vestidos y calzados-, aferrando la tabla con una mano y la mochila con la otra, lo peor era imaginar las variantes del chiste que el otro podría largar en cualquier momento.
  No importa cual de los dos fue ni que bobada se le ocurrió, pero apenas empezó a cuchichear de labios apretados bastó para que los dos explotáramos estrepitosamente.
  Vuelve la luz y lo primero que vemos es la rata otra vez en replay y eso ya fue demasiado.  No paramos de reír hasta la calle.
.   ..de vuelta a vagar por la ciudad vacía, pero esta vez algo más optimistas que antes de entrar en la casa enrejada.
  De vuelta al camino.

Roberto Damiani
febrero 2006