Adentro, cerca de la escalera, gastaba algunos minutos que sobraban luego de la jornada de trabajo, esperando por el resto de la pandilla para patalear de apuro hasta el lanchonete del Eldorado y repletarnos con el siempre abundante plato del día.  Aun mas abundante para nosotros porque las garotas que atendían simpatizaban con aqueles uruguaios...
  La escalera siempre molestosa en el medio del camino.   No había como evitarla.   Contra la baranda de aquellos escalones empinados, angostos y quejosos alguien había dejado apoyada una tabla.
  Baja Homero, claqueteando sus espantosas chancletas -as mais feias do mundo- recubiertas por años de chorretes de resina.  Ya hacía mucho tiempo que de chanclos se habían convertido en zuecos sólidos como rocas.
  Homero era un espectáculo con o sin chanclos.   Flaco, fibroso y encorvado, de brazos largos y sueltos y cabeza bamboleante al caminar, parecía salido de un casting de Guerra de las Galaxias. Verlo describir con gestos y poses alguna de sus olas era de reservar entradas.   Y ahí venía él pisoteando escaleras abajo mientras la tabla, mal apoyada y perturbada por el temblequeo, solo esperaba por un pie torpe que la rozara para deslizarse hasta el piso y hacerse la muerta.
  Solo que ésta no era una tabla cualquiera sino una flamante Gordon & Smith;  un venerado sandwich de pan y fibra de vidrio, recien llegado de la Meca De La Tabla Del Sur De California.  El doble de costosa que cualquier imitación nacional, sin contar los pasajes de avión.
  No se conseguía una de esas en los surfshops locales así tan fácil.
  Homero no simpatizaba con tablas de la competencia.  Nadita. 
  Estaba allí por una reparación chica, una roturita ya arreglada, y el dueño estaba por llegar en cualquier momento, así que la tabla se apuró en reventarse de borde contra un caballete metálico y tenderse quieta en el piso, al tiempo que Homero saltaba los últimos escalones en un vano intento de manotearla.
  Ella sonreía desde el piso con una fresca sonrisa de media luna abierta en su costado, mientras él gruñía un florido rosario de puteadas.  Los gruñidos se volvieron rugidos, como era su estilo, mientras el resto del grupo se juntaba alrededor... y esto, más que cualquier otra cosa, selló la suerte de la pobre tabla.
  Recién había terminado de shapear y todavía empuñaba su garlopa Skil, robusta y contundente máquina si las hay.  Por lo menos cinco o seis kilos de duro metal.   Nada de partes de plástico en aquellos dias.
  Homero tenía algo de Jekyl y Hyde que era asombroso de ver.   A veces era un poco mandón en el trabajo, aunque en general era de bajo volumen y compañero divertido en las ocasionales surfeadas.   Pero cuando alguna desavenencia le gatillaba el cambio de comportamiento se volvía un toro embravecido.   Su fuerza se multiplicaba, su cara se transformaba en una máscara ritual guerrera mientras cargaba contra cualquier cosa inanimada con furia imparable.   Una vez pasó su puño a través del vidrio grueso de su propio surfshop -cortándose malamente la mano, por supuesto- aunque se necesitaba mas que eso para bajarle las revoluciones.   Pero aún en medio de esas batallas unipersonales su furia no era tan ciega.  Parecía un poco calculada.   Es más: le gustaba tener su público.
  Así que cuando nos vió mirándolo asombrados y boquiabiertos -primero a él... a la tabla... y luego a él de nuevo- ahí se sintió inspirado.
  En un rápido movimiento levantó la Gordon con una mano y la sostuvo derecha.   De un poderoso zurdazo le incrustó la garlopa en el fondo y la soltó, giró sobre sus talones y salió del lugar todavía gritando mientras la pobre cosa colapsaba otra vez sobre el piso sucio con sonrisa nueva.
  Estábamos horrorizados, pero todavía no habíamos visto nada.   Instintivamente rodeamos la víctima comentando en respetuosa voz baja mientras las maldiciones de Homero parecían disolverse detrás del escenario.   Uno de nosotros piadosamente la levantó y la apoyó de nuevo sobre la baranda. Todos tratábamos de calcular el daño mientras el volumen de Homero volvió a subir unas rayitas, sonando como que se acercaba.
  Irrumpe de nuevo en el cuarto, percibe nuestra actitud de socorristas, y a través de una mueca retorcida farfulla algo acerca de la “estúpida tabla otra vez de pie" mientras enfila hacia la víctima con los brazos extendidos y los dedos crispados a lo Frankenstein.   Rápidamente nos atropellamos todos fuera del camino en menos de un pestañeo.
  Muchos años despues nuestras pesadillas todavía nos siguen trayendo no sólo la macabra visión sino también la horrenda pista sonora.   La aferró con las dos manos, la revoleó sobre su cabeza buscando el mejor lugar y la descargó sobre un caballete de resinar con toda su fuerza.
Los ojos se nos saltaron de los huecos.   La tabla estaba literalmente empalada en la sólida “T” de metal! 
  "Frankie" perdió agarre por un momento, pero se acomodó mejor y tironeó fuerte hasta desprenderla del hierro, mientras la fibra chillaba un “r-r-r-r-raaac!!” de congelar el tuétano.   La tiró al piso, levantó el caballete de 25 kilos por el caño erizado de pinchos de fibra y usándolo como un pistón procedió a aplastarla a espesor de papel. 
  Totalmente infrahumano...
  Entonces tiró esta otra arma al piso -de paso rompiendo varias baldosas- y abandonó el escenario.
...silencio... nadie respiraba...
Segundos despues, como si estuviera ensayado, sonó el timbre del portón.
Era el dueño de la tabla.

de la vida real. autor: Roberto W. Damiani ©1999
  Mil novecientos setenta y pico, época de “paz y amor”, pelos largos y letras de canciones que pintaban viajes místicos como la soñadora “Escalera al Cielo” de Led Zeppelin.   La cultura hippie permeaba tambien el ambiente del surf brasilero.
  En la fábrica de tablas de Homero en Santos -la ciudad portuaria de Sao Paulo-  había una escalera de madera que solo llevaba al cuarto de shape.  Más que una fábrica, en realidad era una casa vieja y decrépita en el medio de un estacionamiento rodeado de edificios, a solo un vuelo de frisbee del mar.
  Afuera el crepúsculo se asentaba entre los edificios peligrosamente inclinados que se amontonan sobre la rambla del Canal 5.
La roturita
Homero sosteniendo su fábrica, ca.1974